Hay obras que cierran un ciclo y obras que abren un mundo. Carpe Diem pertenece a las segundas. No es solo una pintura colorida, es la declaración de principios de una nueva etapa en la obra de Nix Ruo, una etapa que condensa todo lo anterior para llevarlo a otro lugar, y que por primera vez remite a maestros en voz alta: Giotto, Fra Angelico y, por sobre todo, Gustav Klimt. Para entender Carpe Diem hay que recorrer el camino que la hizo posible.
por Maxie Florencio
Director Camargo Espacio de Arte
"Cuando observamos un cuadro
se pueden producir en nosotros distintas reacciones: indiferencia, interés,
agrado, rechazo y algunas veces, una emoción difícil de explicar".
Fernando Fader
La primera gran cartografía de Nix Ruo fue Teogonía Plástica. Allí, como su nombre lo indica, el artista se propuso fundar su propio origen de los dioses, el universo y del mundo. No desde el mito clásico, sino desde la materia. En Teogonía Plástica el gesto era cosmogónico: vórtices, explosiones centrífugas, campos de color que colisionaban como planetas en formación. La pintura era entonces un acto de génesis. Cada cuadro era un big bang contenido. El público que siguió esa serie recuerda impornta de la espátula cargada de material y por el caos ordenado, por esa lluvia de marcas que parecía caer desde un cielo anterior a nosotros. Era una búsqueda de estructura en el infinito.
Luego llegó Pandora. Si Teogonía era el origen del universo, Pandora era el origen de lo humano. La serie se volvió más íntima, más psicológica, más y simbólica, a la vez más colorida. Aparecieron las improntas, las huellas, los dibujos, los signos como símbolo de presencia comunicacional referenciales de multiples civilizaciones y del caos presente. Pandora no abría una caja, abría la conciencia. Las obras de ese período estaban cargadas de preguntas: ¿qué dejamos en el mundo?, ¿qué marca queda de nosotros?, ¿qué es aquello que no podemos volver a encerrar una vez liberado? El color se hizo más fuerte, la pincelada más fragmentada. Era una serie sobre la responsabilidad de crear.
Y entonces vino el viaje presencial a los países Balticos y luego a la vieja Europa. Un viaje que no fue turístico, fue casi iniciático y fue la bisagra hacia Carpe Diem.
Finlandia le dio a Nix Ruo la luz. No la luz mediterránea, sino la luz blanca, rasante, interminable del norte, esa luz que no hace sombra y que revela la textura de todo. En Helsinki y en la región de los lagos, el artista comprendió el silencio como materia pictórica. El azul que hoy domina Carpe Diem nace allí, un azul que no es mar ni cielo, es atmósfera. Un azul profundo, casi nocturno, que sostiene todo.
Londres le dio la libertad gestual. En la Tate, frente a Turner y a los expresionistas abstractos, pero también en el East End frente al arte urbano más crudo, Ruo entendió que su pincelada podía ser a la vez clásica y brutal. Que podía convivir el empaste de espátula con el chorreado accidental.
París le dio la historia del oro. Caminar el Louvre, pero sobre todo descubrir los fondos de oro bizantinos en el arte sacro. En París el oro dejó de ser un color para convertirse en una idea.
Florencia cerró el círculo. Allí, frente a Giotto y Fra Angelico, Nix Ruo comprendió el uso del oro como lo que realmente es: lo sagrado. En Florencia el oro no decora, consagra. No es un detalle; es la presencia de lo divino en la materia.
Y fue en ese regreso a lo sagrado donde apareció la referencia inevitable, la que faltaba nombrar y que Carpe Diem por fin honra abiertamente: Gustav Klimt.
La influencia de Klimt en esta obra no es una cita, es una herencia asumida. Como el maestro vienés, Nix Ruo entiende el dorado no como un pigmento, sino como un estado del alma. Klimt usó el pan de oro para separar al sujeto de su mortalidad, para crear un espacio que no era ni cielo ni tierra, sino eternidad. Hizo del dorado un campo vibratorio donde la figura humana se disolvía en ornamento y el ornamento se volvía sagrado.
Carpe Diem hace exactamente eso, pero con el lenguaje del siglo XXI. Si Klimt cubría con oro el cuerpo de Adele o el abrazo de El Beso para volverlo icono, Ruo cubre con oro la huella misma, la mano. No la figura, sino su rastro. Las cinco improntas doradas que caen en el cuadro son el eco directo de los mosaicos de Klimt en la Secesión, pero invertidos: no suben hacia el cielo, se derriten hacia la tierra. Son como velas votivas que chorrean. Es Klimt pasado por el expresionismo abstracto, por el arte matérico. Donde Klimt era ornamental y contenido, Ruo es gestual y líquido. El oro ya no está pegado con perfección; chorrea, gotea, falla. Y en esa falla está su humanidad.
Técnicamente, Carpe Diem es un acrílico sobre lienzo de 70 de ancho x 100 de alto, en formato vertical. Domina un gran vórtice concéntrico que ocupa el centro superior. Ese vórtice es el tiempo. Es el presente que nos absorbe, el torbellino de la vida contemporánea. Alrededor, y cayendo hacia abajo como una lluvia cósmica, una constelación de toques de espátula: amarillos, ocres, turquesas, negros, blancos, rojos. Cada toque es un instante. La parte inferior es más densa, más azul profunda, como si toda esa lluvia se decantara y se hiciera mar, memoria, inconsciente.
Y sobre esa tormenta, las cinco presencias doradas. Cinco, número de los sentidos, de las direcciones. No sostienen, no atrapan. Se derriten. Nos recuerdan que lo más valioso no se puede retener, solo se puede dejar ser. Aquí está todo Klimt: lo sagrado que se hace materia, lo material que se hace sagrado. El dorado aquí no es opulencia, es trascendencia.
Por eso Carpe Diem.
En la tradición latina se ha malinterpretado como hedonismo urgente: aprovecha porque vas a morir. En la obra de Nix Ruo es lo inverso y mucho más profundo, y es donde se cruza con Klimt. Carpe Diem no es correr a consumir instantes, es detenerse a habitar uno solo con totalidad, hasta volverlo eterno. Klimt pintaba el instante del beso para que no terminara nunca. Ruo pinta el instante de la huella dorada para lo mismo.
Teogonía buscaba el origen del universo. Pandora buscaba el origen de la culpa. Carpe Diem busca el origen del sentido, y lo encuentra en esa intersección klimtiana entre lo efímero y lo eterno. ¿Dónde está el sentido? No en el futuro, no en el pasado, sino en la densidad de este presente que estamos mirando ahora, bañado en azul y tocado por lo sagrado de la vida.
Esta es la obra que abre la nueva etapa. Una etapa donde el color sigue siendo fiesta, pero el oro es rezo. Donde la referencia a Klimt ya es bandera. Una etapa de madurez donde Nix Ruo ya no necesita gritar; le basta con dejar que la luz rasante revele el relieve y que el oro caiga.
Carpe Diem no es una invitación a recordar que la vida es corta. Es una invitación a recordar que este instante, este azul, este dorado que chorrea frente a nosotros, es infinito si nos atrevemos a mirarlo de verdad, como Klimt nos enseñó a mirar.


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